Blog del hotel Borgia

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María Enríquez de Luna, Duquesa regente de Gandia

María Enríquez de Luna (h. 1474 – Gandia, 1539) llegó a Gandia como una joven duquesa recién casada y acabó siendo la mujer que, viuda y sola frente al mismísimo papa, salvó el ducado para su hijo y llenó la ciudad de arte renacentista. Prima hermana de Fernando el Católico y nuera del papa Alejandro VI, gobernó Gandia con mano firme durante catorce años. Esta es su historia.

La dama del libro en la plaza

Hacer turismo en Gandia es, además de disfrutar de su sol y sus magníficas playas, un auténtico filón para quien quiere conocer mejor los lugares que visita a través de su legado histórico y cultural. Gandia, ciudad ducal e íntimamente ligada a la familia Borja, presume de un patrimonio que no deja a nadie indiferente.

Paseando por el Centre Històric aparece, en la plaza que lleva su nombre, la escultura de una mujer de aspecto sereno que sostiene un libro entre las manos. Es la estatua de la duquesa regente de Gandia. Pero ¿quién fue esta mujer y qué significó para la ciudad? A través de estas líneas viajaremos al pasado para descubrir a María Enríquez de Luna: inteligente, culta, valiente y adelantada a su tiempo, una gobernante que impulsó una reforma cultural, económica y social que llevó a Gandia a su mayor esplendor renacentista.

De prometida a duquesa: los Borja y Gandia

María Enríquez de Luna nació hacia 1474 en el seno de la más alta aristocracia castellana. Era hija de Enrique Enríquez, mayordomo mayor y tío del rey Fernando el Católico, y de María de Luna y Ayala. Ese parentesco con el monarca aragonés —era su prima hermana— resultaría decisivo años después como contrapeso frente a las ambiciones de los Borja italianos.

Lejos del tópico de la dama pasiva, María recibió una esmerada educación humanista: dominaba el latín y varias lenguas vivas, y manejaba con soltura el castellano, el italiano y el valenciano. Esa formación le daría más tarde las armas diplomáticas y jurídicas para negociar de igual a igual con embajadores, notarios y altos cargos de la Iglesia.

Como tantas mujeres de la época, antes de los quince años fue prometida por razones políticas y económicas a Pedro Luis de Borja, primogénito del cardenal Rodrigo de Borja —el futuro papa Alejandro VI—, que había comprado para su hijo el Ducado de Gandia. Pero Pedro Luis murió muy joven, hacia 1488, sin haber llegado a casarse con ella. Para no perder una alianza tan provechosa, ambas familias acordaron un nuevo enlace: María se casaría con Juan de Borja, hermano del difunto y nuevo duque de Gandia. La boda se celebró en Barcelona en 1493, apadrinada por los Reyes Católicos, y la joven se instaló de forma permanente en el Palau Ducal de Gandia.

Un matrimonio breve y desdichado

Poco o nada tenían en común los jóvenes duques. Juan era arrogante, superficial y mujeriego, y poco dado a las tareas que su padre le había encomendado. María, en cambio, era una mujer responsable y de gran rectitud moral, que se tomaba muy en serio su papel de esposa y duquesa. Pese a todo, en 1494 nació Juan de Borja y Enríquez, el primer hijo y heredero del ducado.

Tres años más tarde, con María embarazada de su segunda hija, Isabel, el duque fue reclamado por su padre para ponerse al frente del ejército pontificio y viajó a Italia. Una noche de junio de 1497, Juan apareció asesinado en Roma; su cuerpo fue rescatado del río Tíber. La investigación que ordenó el propio Alejandro VI se suspendió misteriosamente al cabo de una semana, y el crimen quedó impune. María se quedaba viuda, con dos hijos pequeños y un ducado por defender.

El pulso a Roma: la regente que se enfrentó al papa

Aquí es donde María Enríquez se agiganta. Lejos de recluirse en el luto, señaló abiertamente a su cuñado César Borgia como responsable del asesinato, y no se limitó a acatar los deseos de su suegro, que pretendía colocar a César u a otros hombres de Roma al frente del ducado valenciano.

Con el respaldo de su primo Fernando el Católico y el aliento de la reina Isabel la Católica, la duquesa plantó cara a la Curia, hizo valer los derechos de su hijo Juan como nuevo duque y se proclamó ella misma regente de Gandia hasta la mayoría de edad del niño, cargo que ejercería entre 1497 y 1511. Incluso intentó que la justicia de Castilla procesara a César Borgia por el crimen. Andando el tiempo, el otrora todopoderoso hijo del papa acabaría preso de la Corona en España —en el castillo de Chinchilla y después en el Castillo de la Mota de Medina del Campo—, de donde logró fugarse en 1506.

Catorce años de buen gobierno

María no solo mantuvo el ducado a salvo para su hijo: lo gestionó con notable talento para engrandecerlo. Heredó un estado muy endeudado por los excesos de su marido y se volcó en sanear las cuentas, ordenar el archivo señorial y vender al rey Fernando las posesiones que la familia conservaba en el sur de Italia, desligando así el patrimonio de Gandia de las inestables guerras italianas.

En lo local, impulsó la economía agrícola con una visión muy moderna. Colonizó los marjales situados a los pies del castillo de Bairén, compró baronías tan valiosas como la del Realenco, célebre por su producción de azúcar de caña, y firmó una concordia con el vecino condado de Oliva y la baronía de Palma para construir nuevos azudes y acequias que llevaran el agua del río a toda la huerta de la Safor. Aquella red de riego sigue en funcionamiento a día de hoy.

Cartas entre duquesas: la amistad con Lucrecia Borgia

Más allá de la política y las cuentas, María tejió una red de relaciones con otras mujeres influyentes de su tiempo. La más entrañable fue su correspondencia con su cuñada Lucrecia Borgia, duquesa de Ferrara, con quien compartía el dolor de haber enviudado. Pese a la distancia, ambas mantuvieron una relación cálida e intercambiaban regalos: de Gandia viajaban a Ferrara dulces tradicionales, seda fina y calzado de lujo; de vuelta llegaban rosarios y delicados objetos devocionales de manufactura italiana. Una diplomacia femenina, hecha de cartas y presentes, que fluía al margen de los conflictos de sus parientes varones.

El nacimiento de la Colegiata (1499)

La gran obra de María Enríquez fue elevar la iglesia parroquial de Santa María al rango de colegiata. A pesar de sus tensiones con la corte papal, la duquesa supo aprovechar el afán de prestigio de su suegro —que además había sido rector del templo de Gandia años atrás— para arrancarle una concesión excepcional. El 26 de octubre de 1499, respondiendo a sus enérgicas peticiones, Alejandro VI firmó la bula que convertía Santa María en colegiata.

La bula no era un simple honor: reorganizó por completo la vida religiosa de la villa. Estableció un cabildo permanente de doce canónigos, un deán y un chantre para celebrar una liturgia solemne y diaria, comparable a la de las grandes catedrales; dotó al templo con 3.000 ducados de oro y ajuar litúrgico; y, sobre todo, concedió a los duques de Gandia el derecho de patronato perpetuo sobre la colegiata. Con ese privilegio, la casa ducal blindaba la iglesia local frente a cualquier injerencia del arzobispado de Valencia o de la propia Roma. Un triunfo político en toda regla.

De iglesia gótica a joya renacentista: la Seu

Convertir la parroquia en colegiata exigía ampliarla, y para ello María contrató a las mejores figuras artísticas de la Corona de Aragón: el arquitecto Pere Compte, el escultor Damià Forment y el pintor italiano Paolo da San Leocadio. Su mecenazgo introdujo en Gandia algunas de las primeras formas del Renacimiento del arte valenciano. Compte levantó los tramos que faltaban y cerró el templo con la monumental Puerta de los Apóstoles, cuya ornamentación esculpió Forment; y San Leocadio pintó el deslumbrante Retablo de los Siete Gozos, de colorido exuberante. En la parte más antigua del templo se conserva la pila bautismal donde, en 1510, sería bautizado San Francisco de Borja, bisnieto de la duquesa.

La Seu, como la conocen los gandienses, fue declarada Monumento Histórico Nacional el 6 de junio de 1931. Su aspecto exterior, macizo y casi militar, con recios contrafuertes pensados para resistir los temblores de la Safor, contrasta con la penumbra recogida de su interior. El 2 de agosto de 1936, al inicio de la Guerra Civil, el templo fue incendiado y perdió para siempre sus retablos góticos y renacentistas; reabrió al culto en 1945 tras una larga reconstrucción. Hoy sigue coronada por su esbelto campanario de casi cincuenta metros, rematado en 1756 por Onofre Trotonda. Merece mucho la pena visitarla: en el blog le dedicamos un artículo completo a la Colegiata de Santa María de Gandia.

Sor Gabriela: el retiro en Santa Clara

La fructífera regencia de María duró catorce años. Hacia 1511, con su hijo Juan ya casado y encaminado, la duquesa consideró cumplida su misión. Yendo un día a visitar a su hija Isabel al Real Monasterio de Santa Clara, decidió quedarse recluida en busca de la paz espiritual que tanto anhelaba. Tomó los hábitos franciscanos con el nombre de Sor Gabriela, mientras su hija Isabel profesaba como Sor Francisca de Jesús.

Lejos de desaparecer de la vida pública, la presencia de madre e hija convirtió Santa Clara en uno de los centros de influencia espiritual más relevantes del levante peninsular; María llegó incluso a ejercer de abadesa de la comunidad. Falleció en el monasterio en 1539, a los sesenta y cinco años, tras haber visto crecer a su nieto Francisco de Borja hasta convertirse en IV duque de Gandia. La colección de arte religioso del cenobio puede visitarse hoy en el Museo de Santa Clara de Gandia.

Seguir los pasos de María Enríquez de Luna —la Colegiata que impulsó, la plaza que guarda su estatua, el monasterio donde se retiró y el Palau Ducal donde vivió— es una forma inmejorable de entender por qué la fisonomía de la Gandia actual sigue ligada, cinco siglos después, al nombre de aquella duquesa que se atrevió a plantar cara a Roma.

Monumento a la duquesa regente María Enríquez de Luna frente al monasterio de las Clarisas de Gandia
Monumento a la duquesa regente María Enríquez de Luna frente al monasterio de las Clarisas de Gandia